LA MOUSTACHE – Joan Cortés.

El último domingo de febrero empezó con un madrugón descomunal. Eran las 5 de la mañana cuando nos dirigimos en coche a El Prat. Llegamos de noche y en Pavé ya había cierto movimiento. Algunos descargando ruedas de los maleteros, otros decidiendo a última hora si chaleco o chaqueta de manga larga, alguno apareció de sorpresa de los retretes. Casi todos degustamos un café alegrado con coñac para combatir el frío de la mañana. Muchos reencuentros en ese momento. Había muchas de las más habituales caras de las típicas salidas ciclísticas de Pavé y alguna cara muy presente en el entorno digital de Pavé pero muy poco frecuente en la península… todas ellas, las caras, aderezadas para la ocasión, para La Moustache, con un poco habitual bigote en muchas de ellas y una espontánea sonrisa muy frecuente en casi todas ellas.
A las 7 de la mañana, con puntualidad británica, dos docenas de bigotudos emprendimos la andadura tranquila que nos llevó desde Pavé, siempre por carreteritas estrechas y poco transitadas del Baix Llobregat, del Penedés, l’Anoia, siempre sabiamente escogidas, hasta L’Espluga Calba. Un espléndido sol nos acompañó durante los 147 kilómetros del recorrido, así como un par de entusiastas animadoras que nos dieron soporte y nos alegraron la vista y los oídos en todo momento. Tampoco faltó la compañía de Marc Gasch que inmortalizó todos los detalles de la festiva jornada ciclista con sus ópticas indiscretas.
Fueron 6 o 7 horas, ya no recuerdo, de ciclismo disfrutón y relajado, con más tiempo para ponernos al día, explicarnos batallitas, explicar chistes y reírnos de todo y de todos, que para sufrir encima de la bicicleta.
Hubo algunas anécdotas curiosas, algunas ya habituales, como cuando Domi, después de unos cuantos “¡dónde vas con ese manillar tan alto!”, “quítate esos gruesos que irás mejor” aprovechó un momento de reagrupamiento y no dudó en sacar las hexagonales y bajarle dos buenos centímetros la potencia cambiando así totalmente la postura de conducción de la pobre víctima del día. “A que vas mejor ahora?” Otras no acostumbran a darse a menudo, como el encuentro con los dos que formaban la avanzadilla. El “suegro” y el “arquitecto”, dos sesentones bien estantes que, sabiéndose oxidados y faltos de kilómetros, salieron dos horas antes que el resto, a las 5 de la mañana, para llegar más o menos a la misma hora que nosotros. Los absorbimos a mitad de camino. Iban a su ritmo y no pudieron seguir la estela del pelotón. El suegro es el padre de esta jornada ciclista que él inauguró en 1994 con su grupeta de aquellos tiempos. Se hizo durante 7 años y ahora hacía 10 que había dejado de conectar en bicicleta el Baix Llobregat y la Conca de Barberà. El arquitecto, en cambio, estrenaba bicicleta. Sólo había subido dos veces a Begues para probar que el cuadro Bianchi de los 80 recién montado con un record, funcionara, y se lanzó a La Moustache. Nunca antes había ido en bici de carretera y acabó con una contagiosa sonrisa los 147 kilómetros.
Llegaron a La Comensalat más satisfechos que nosotros y un poco más tarde. Seguramente, la espectacular “Calçotada” acompañada de la típica parrillada de carne, fue el mejor estímulo para que estos dos esforzados llegaran por su propio pie a la vera de las brasas y las cervezas frescas.
Lo que nos encontramos al llegar a esa casa de campo, aislada del pueblo, sin agua ni luz, y rodeada por incontables olivos, no tiene desperdicio. Largas mesas ya puestas, grandes barreños llenos de hielo que enterraban latas de refrescos y cervezas, todo flanqueado por nuestras familias y acompañantes. De la mano de Floïd i Rapha hubo un detalle sorpresa para los esforzados y disfrutados ciclistas. Sin casi poder salir de nuestro asombro y casi sin tiempo de despojarnos de las lycras y los merinos, empezaron a salir paquetes calientes de papel de periódico rellenos de manojos de cebollas dulces. La cascada de acontecimientos gastronómicos se fue acelerando sin control gracias a la eficacia de los amigos del Restaurante La Pineda. A los calçots les siguieron las butifarras, y de golpe había fuentes con “mongetes seques”, y al girar la cabeza habían aparecido las fuentes con carne a la brasa, y vino lo regaba todo… y aparecieron jugosas brochetas de fruta fresca, cava y abundantes dulces locales… no faltó de nada, ni cafés, ni licores… y entre una cosa y otra, presidiéndolo todo, un majestuoso y auténtico sillón de barbero, maravillosamente rescatado del pasado. Precioso, como las manos de la barbera que se lo había apoderado y por la navaja de la cual fuimos pasando todos, uno tras otro, a esquilar nuestros aireados mostachos.
En definitiva, disfrutamos de una esplendida fiesta gastronomico-ciclista en inmejorable compañía. ¿Que más se puede pedir de un domingo cualquiera en pleno febrero?


Foto: Marc Gasch.

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