PENEDÉS por José Ramón Callén
Amanece. Cuatro ruedas comienzan a tomar su posición natural en las dos bicicletas a las que estarán ancladas las próximas cuatro horas. Sonidos metálicos, sonidos de carbono, sonidos de cuerpos que todavía se están despertando y finalmente, sonidos de zapatillas duras que se incrustan en los pedales. Es la señal, todo listo, comienza el pedaleo.
Penedés, zona de carreteras maravillosamente olvidadas, de viñedos, de montañas duras que contrastan con el mar que al fondo se sigue moviendo suave, al ritmo del soleado día, fresco, que hoy contempla a esas dos bicicletas cortando el aire en la dirección de los sueños de sus curiosos e inquietos esforzados. Penedés, donde el verde es realmente verde, donde el aire huele realmente a aire, donde el cielo no puede verse más claro, más azul, más cercano. Penedés, paraíso para pedalear en mitad de la naturaleza.
Subes, bajas, te agarras al manillar, retuerces las bielas, y la fotografía viva que te rodea cambia constantemente para regalarte bosques, horizontes vistos desde las alturas, sombras jugando con el asfalto, carreteras que se pierden serpenteando en la dirección en la que te conocerás más y más. Penedés: ¿se puede estar más cerca de ti mismo?
